Para la mayoría de personas, llamar sendero a aquello era como decir que un puente es una rama de madera que toque ambos lados de un abismo, este era una suerte de muescas grabadas en la piedra por el viento que se intercalaban con la pared lisa de la montaña creando huecos de una distancia variable entre los 2 y los 6 metros. Sin embargo al cazador, esto no le suponía problema alguno, saltaba ágilmente los escalofriantes huecos con una seguridad completa ante la letal senda, en cierta ocasión el cazador erró por espacio unos centímetros y solo pudo aferrarse con su única mano a un saliente en la roca, durante unos instantes permaneció suspendido en el vacío sin más lugar en el que apoyar los pies que la pared de resbaladiza roca (Había comenzado a llover de forma copiosa). El cazador permaneció aferrado mientras la lluvia empapaba sus ropas y cegaba su rostro, en ese momento apoyó las piernas en la pared y de un potente impulso ascendió hasta la relativa seguridad del peldaño. Tras unos diez minutos de peligrosa ascensión la pared de roca se tornó en una pronunciada ladera atravesada por un pequeño sendero que ascendía lentamente hasta perderse en un denso bosque de Edös.Más allá del bosque la Cordillera conocida como Los Nidos se levantaba como un conjunto de gigantescos centinelas rocosos que custodiaban la frontera del valle.
El cazador se internó en la maleza que cubría por completo la ladera con un manto de tonos marrones y verdes, a pesar de desplazarse entre arbustos espinosos y pequeños arboles de montaña el cazador apenas hacía ruido al abrirse paso, caminaba con ligereza, sin signos de fatiga visibles, con sus ojos y oídos atentos a cualquier sonido que indicara la proximidad de algún habitante de las montañas. No era para menos, ya que Los Nidos ,eran las montañas con mayor población de dragones de todo Eternal, estos acudían de todas partes del mundo a desovar en la montaña conocida como Ann Zieger (El Gran Padre) en la lengua natal del valle (El Anng). Aparte de dragones otros seres no menos peligrosos habitaban las montañas, seres capaces de reducir aldeas o ciudades enteras a meros escombros. El sonido de un pequeño curso de agua le indicó que el sendero se encontraba a un par de metros de distancia de su posición, aceleró el paso y empapó sus botas grises en el pequeño riachuelo que ahora era la citada senda. Sin darle demasiada importancia, ascendió chapoteando al tiempo que hacía una coleta con la mojada melena y trataba de localizar el punto más seco del sendero. Un poco más tarde, la pendiente se volvió más pronunciada y en el horizonte el cazador distinguió una masa de nubes terriblemente negras que avanzaban rápidamente desde la gran alfombra verde del Gigantesco bosque de Foskogur que limitaba con el valle por el Noreste, su ánimo mejoró notablemente cuando tras doblar una curva del camino divisó a poco más de un kilómetro la arboleda azul de los arboles Edö, dobló el paso mientras observaba con el ceño fruncido la masa tormentosa que se abatiría en breves sobre él, el viento empeoraba por momento y hasta él llegaba claramente el sonido del crujido del bosque azotado por el inclemente viento que descendía de Los Nidos como el aliento de los dragones que allí moraban. Finalmente alcanzó la densa arboleda azul al tiempo que el sonido del primer trueno aportaba el toque de percusión a la tormentosa sinfonía.
En pocos minutos el accidentado sendero-riachuelo se reveló invadido por la maleza hasta tal punto que el cazador prefirió internarse en el bosque aún a riesgo de extraviarse, a medida que el cazador avanzaba estoicamente por el bosque la pálida luz azulada que se filtraba entre las hojas de los árboles se transformaba en una mortecina y fantasmal claridad que otorgaba al bosque un aspecto encantado y misterioso. Los Edö se contaban entre las pocas especies de árboles capaces de moverse de forma perceptible para el ojo humano, de carácter bondadoso con los visitantes del bosque, los Edö guiaban a los viajeros perdidos de buen corazón hasta la salida del bosque con débiles destellos de luz purpura que emitían a voluntad en su corteza, la madera de estos árboles era completamente ignifuga y a diferencia de la mayoría de vegetales los Edö carecían de raíces, en su lugar poseían una suerte de ventosa que los fijaba al suelo y que les permitía resistir los más potentes embates de los vientos y las tormentas. Cuando la luz finalmente se extinguió por completo y una penumbra azulada lo rodeó solo rota por el ocasional destello de los relámpagos, no le sorprendió ver poco después un lejano coro de luces purpuras que iluminaban el bosque con una extraña luz pulsante, el cazador sonrió y avanzó en dirección a las luces con seguridad, al cabo de media hora alcanzó el final del bosque donde los árboles lo despedían emitiendo unas cálidas luces que inundaban el bosque entero.
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